Jenny Saville en Ca’ Pesaro
Pocas artistas han llevado la pintura del cuerpo humano tan lejos como Jenny Saville. Sin embargo, por más reproducciones que uno haya visto de sus obras, ninguna prepara para la experiencia de estar frente a ellas. La escala, la densidad de la materia y la intensidad con la que aborda el cuerpo humano hacen que sus pinturas produzcan un impacto físico y emocional que ninguna reproducción consigue transmitir.
Nacida en Cambridge en 1970, Jenny Saville se convirtió muy pronto en una de las figuras más destacadas del grupo de los Young British Artists. Desde entonces ha desarrollado una obra centrada en el cuerpo como un territorio de transformación, vulnerabilidad y fuerza, alejándose de cualquier ideal convencional de belleza. Saville ha dicho en distintas oportunidades que le interesa pintar «la carne porque es el lugar donde vivimos».
Sus cuerpos parecen estar en permanente transformación. Capas de color, transparencias, correcciones y gestos se acumulan sobre la superficie. Vistas de cerca, las pinturas revelan una libertad y una energía pictórica extraordinarias; vistas a distancia, adquieren una presencia casi escultórica.
Durante sus años de formación, Saville asistió a intervenciones de cirugía plástica y estudió detenidamente la anatomía humana, experiencias que redefinieron su manera de entender y representar el cuerpo. Sus figuras no buscan idealizarlo, sino mostrarlo como algo vivo, cambiante, atravesado por el tiempo y la propia existencia
Más que retratar cuerpos, Saville explora la condición humana en toda su complejidad.
“La pintura puede contener contradicciones”, ha dicho en distintas entrevistas. Sus imágenes son, al mismo tiempo, delicadas y violentas, sólidas y etéreas, figurativas y abstractas. Nunca se agotan en una única lectura.
En las pinturas de Saville el proceso permanece visible. La artista no intenta ocultar las correcciones ni las capas anteriores; por el contrario, las incorpora a la obra. Hay dibujos que asoman bajo la pintura, pinceladas que quedan expuestas, zonas apenas veladas y otras construidas con una materia intensa. Cada decisión parece conservar la memoria de la anterior. Esa acumulación de gestos hace que las figuras respiren, que nunca se perciban completamente cerradas o definitivas, sino en permanente transformación.
En las pinturas de Saville el proceso permanece visible. La artista no intenta ocultar las correcciones ni las capas anteriores; por el contrario, las incorpora a la obra. Hay dibujos que asoman bajo la pintura, pinceladas que quedan expuestas, zonas apenas veladas y otras construidas con una materia intensa. Cada decisión parece conservar la memoria de la anterior. Esa acumulación de gestos hace que las figuras respiren, que nunca se perciban completamente cerradas o definitivas, sino en permanente transformación.
En un mismo cuadro conviven pasajes de un virtuosismo casi asombroso con otros apenas sugeridos, donde la materia permanece abierta y la imagen parece todavía estar construyéndose. Esa tensión entre lo resuelto y lo inacabado mantiene la pintura viva. Frente a sus obras, uno tiene la sensación de asistir no solo al resultado final, sino también al pensamiento de la artista mientras pinta.
Salir de la muestra de Jenny Saville deja una certeza: cuando la pintura alcanza este nivel de libertad, complejidad y maestría, sigue siendo uno de los lenguajes más poderosos del arte contemporáneo.
Cobertura y fotografía: Andrea De Luigi | @andrea_de_luigi
